Hace unos años cuando estaba en la secundaria, todo era muy normal, hasta que un día experimenté algo muy extraño por una chica que anteriormente odiaba. De un pronto a otro sentí una atracción hacia ella, la miré a los ojos y quedé cautivada. Ella lo notó y, al pricipio pensó que se trataba de malas miradas, pero luego se dio cuenta de que mis miradas eran cada vez más constantes y ella comenzó a estar tan pendiente de mí como yo de ella.
Esa persona se fue convirtiendo poco a poco en alguien muy importante, por no decir escencial en mi vida, y cada vez disfrutaba más el verla. El miralra, especialmente a los ojos, me producía una sensación de fascinación, de encanto sin igual.